jueves, 24 de julio de 2008

Invierno en Sao Paulo

Conocer otros lugares y nuevos personajes que nos impresionan en ese brutal impacto que disfruta nuestra mente, sean estos celestiales y aún más si son todo lo contrario, sólo es posible durante la facinación que alcanza nuestro pensamiento en la plenitud de una lectura.

Así conocí, junto a Edgar Alan Poe, navegando en el mar del norte, el ojo de un remolino en el que inclinandose nuestro barco nos perdíamos en la inmensa oscuridad del abismo. También compartí junto a José Saramago la imagen donde Platón pudo descubrir, en la pared de una caverna, como nuestra carne no es más que la sombra del alma. Esa alma que se ríe sin piedad de nuestra manipulable existencia. Así viajé incontables veces desde León a Managua y de Managua a Dariel en las marchas de estudiantes y guerrilleros clandestinos junto a Omar Cabezas. Y descubrí cómo el caracol de Carrera Andrade mide palmo a palmo la creación de Dios. En fin, estuve en la "casa tomada" de Coartazar y también en la casa de los Buendía en Macondo. Nos embriagamos con Oliveira en la escalinatas de Montparnasse y cuando conocí a la colombiana